
Casa Arena
Una casa de playa no debería necesitar ver el mar para recordarte que estás frente a él.
- Año
- 2025
- Ubicación
- Progreso, Yucatán
- Categoría
- Casa
- Estado
- Construido
- Co-diseñador
- Diego Lizarraga
- Fotografía
- Marina Negroe
Jorge vive en Ciudad de México, pero su familia está en Yucatán. Durante años soñó con tener un lugar propio cerca de ellos y del mar. No quería una casa de vacaciones que se convirtiera en un gasto permanente. Quería que también fuera patrimonio.
Me presentó un terreno en Progreso, a unos 500 metros del mar, donde ya había tres casas y una piscina común. Su casa tendría que construirse encima de una de ellas, sobre una estructura con tres alturas distintas. No quería ventanas hacia la piscina, para eliminar cualquier riesgo con sus nietos. Y había una tercera regla, probablemente la más difícil de todas: no superar un presupuesto de $1.5 millones de pesos.
Entonces apareció la pregunta que terminó definiendo todo el proyecto: ¿cómo hacemos una casa de playa en un lugar que no se siente como la playa? El mar estaba a 500 metros, pero no se sentía. Había cables, pavimento, fachadas frías y casi nada de arena. Así nació Casa Arena.

Pensamos en los castillos que se construyen junto al mar.
Muros, pisos y cubiertas comparten una gama mineral y arenosa, para que solo dos cosas tengan color: el azul del mar y el verde de la naturaleza.



La casa te recibe con una gran escalera.
En uno de los muros había una bugambilia, y en lugar de quitarla, ajustamos ligeramente el ancho de la escalera para conservarla. Hoy, mientras subes, deja caer sus pétalos sobre los peldaños.

Al final de la escalera está el único punto desde donde se ve el mar.
No intentamos llenar la casa de falsas vistas al océano. Preferimos conservar una sola, como un recordatorio de hacia dónde has llegado.


Frente a la sala hay una ventana orientada hacia las corrientes de aire, con una banca para leer debajo. Cuando te sientas, la vista termina sobre un árbol de Flor de Mayo y el aire atraviesa el espacio hasta llegar a ti.


Hacia el poniente creamos un patio privado para ver el atardecer. Desde ahí se veían algunas casas vecinas, así que construimos un muro de 1.75 metros, apenas cinco centímetros más alto que Jorge. De pie ve las copas de los árboles y el cielo, pero no a sus vecinos. La medida no salió de un manual. Salió de él.
Ese muro está revestido con piedra conchuela.
Está formada por conchas y fósiles marinos del subsuelo de Yucatán. Así la casa habla del mar sin llenar las paredes de decoraciones náuticas.
Y un último detalle: dejamos que la arena de las macetas rebose sobre el piso. Cuando Jorge camina descalzo, algunos granos terminan bajo sus pies.


Una casa diseñada para hacer
que tu cuerpo recuerde, constantemente,
que está rodeado de arena.






Ve otros proyectos

Cuéntame qué quieres construir.
Gracias, ya recibí tu mensaje. Te escribo muy pronto.

